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4 de diciembre de 2012

Requiem para Emile


Emile ha muerto.
Partió en paz, como quien se va en un sueño, porque sabía, incluso antes que yo, que el final se acercaba. Siempre supo todo antes que yo, siempre dio el primer paso, cargó sobre sus hombros mis esperanzas, les dio vida a mis ideas. Y ahora me abandona.


-Piénsalo de este modo -me dijo-. Por primera vez te subes a la bicicleta sin usar las rueditas, y yo estoy ahí para darte el último empujón.
-Graciosa metáfora. En especial porque nunca supe andar en bicicleta.
Ella sabía. Tuvo su primera bicicleta a finales del siglo XIX. Para usarla se inventó unas faldas por encima de los tobillos que provocaron media docena de accidentes a causa de los peatones y conductores que se detenían a admirar esa parte de sus piernas.
-Te daría mi bicicleta, estuvo aquí hasta ayer, pero se la llevaron de no se qué museo.
Al llegar a ese extraño lugar, que ella llamó "necrodomo", me sorprendió no ver sus cosas. Creí que había llegado tarde, que los acreedores acumulados a través de las décadas... de los siglos, habían arrasado el contenido de su casa a penas exhaló su último aliento. Pero Emile se fue sin deudas por pagar.
-Aunque con muchas por cobrar.
Repartió sus pertenencias entre museos y amigos alrededor del mundo. Trenes, barcos y aviones salieron de Buenos Aires cargados de antigüedades invaluables, objetos únicos, libros incunables. Su casa era una antigüedad en sí misma, una joya del art decó en pleno centro porteño.
-Lo único que irá a remate, con la condición de no ser demolida. En unos meses será una dependencia municipal, un petit hotel o un centro de cuidados estéticos.
Emile siempre cuidó sus casas. Convirtió su mansión en Londres en hospital y heredó a algún tataraprimo la casa de sus padres, de los que casi no hablaba. Una vez me dijo que los recordaba como en una neblina, como si esos recuerdos pertenecieran a otra Emile.
-Tal vez una Emile que se llamó Vanesa -bromeaba.
Sólo supe que su padre era francés. Su madre lo adoraba, aunque, según unos papeles que encontré fisgoneando en su escritorio, parece que el padre la compró a un rajá como esclava.
-El amor no es ciego; sólo es un poco torpe. A veces, cuando se tropieza, se lleva todo por delante y termina lastimado.
Emile no hablaba de sus amores. Mencionaba, reservando apellidos, a hombres que la persiguieron hechizados, pero jamás supe, ni sabré, si correspondió en sus sentimientos. Sospecho, sin embargo, que algún amor fue protagonista de la etapa más dolorosa de su vida: la primera mitad del siglo IIIX. Jamás dice una palabra de esa época, y sólo conserva un objeto: un espejo oval de plata, roto. Aún estaba allí, sobre la cómoda francesa, único mueble que quedaba en la habitación a excepción de la cama.
Tenía una pila de libros en el piso, que señaló para que le acercara. Los últimos minutos casi no hablamos. Su piel se hacía pálida y se pegaba a los huesos a medida que la fuerza vital la abandonaba.
Tomó el primero, un pequeño volumen de tapa roja con filigranas doradas y me lo alcanzó. Un señalador con publicidad de alguna librería inglesa apuntaba una página. Iba abrirlo, pero Emile me detuvo. Puso su mano sobre la mía y dijo:
-Hoy no.
Yo hice caso, como era habitual.
Mientras sus ojos se cerraban al olvido, los míos se inundaban de lágrimas.
Caí, bañada en lágrimas, sobre su frío regazo. Tras de mi, sentí una presencia, pero seguí desconsolada, incapaz de moverme de allí.
-Mañana lo entenderás. Sabrás que lo que necesitas ya no está en mí sino dentro tuyo. Mañana será el primer día que vivas tu vida en tu propio nombre.

Hoy se que, como siempre, Emile tenía razón.

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Desde que empecé a escribir en Internet hace algunos años, usé el nombre de Emile. El apellido cambió varias veces, combinando nombres de escritores con palabras inventadas, pero Emile fue una constante. Fue una forma de mantener el anonimato, de aplacar los miedos a las críticas a mis obras. 
Hace un tiempo dejé de necesitar a Emile. Aún soy, por supuesto, víctima de miedos y vergüenzas, pero puedo afrontarlos con mi propio nombre.

A partir de hoy ya no usaré pseudónimo. Emile ha muerto y con ella Vanesa renace.

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