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10 de diciembre de 2012

Entonces, Vanesa.

Buenas noches, asiduos visitantes, esta noche me permitiré compartir con ustedes un relato interno, ya que siempre procuramos publicar simplemente los descubrimientos que van saliendo a la luz dentro de los pasillos de la casa de la muerte, pero ante el lamentable fallecimiento de Emile, creo que es oportuno el compartir con ustedes la crónica de como Vanesa se integró al NecroDomo.

 Afortunadamente tengo todo registrado en mis diarios.


Emile se había ido, un gran espíritu que parecía ser inmortal alojado en un cuerpo que le mostraba la triste realidad, todos morimos en algún momento. Vanesa todavía no le encontraba por qué a la pregunta que nadie ha sabido responder, y sobre el frío regazo del cuerpo inerte de Emile seguía llorando y maldiciendo al mundo.

Entré a la habitación, el viento se colaba por las inexistentes ventanas de aquél helado cuarto de piedra, como si la muerte en realidad se hubiera presentado a reclamar el alma de la que otrora fuera una de las habitantes de la Casa de la muerte.

No había más que hacer, pues de la muerte nadie regresa; no quedaba más que recordar buenos momentos y asimilar que no volverían más. Ayudé a Vanesa a levantarse, ella me abrazó desconsolada buscando un hombro donde llorar, yo hurgué en mis bolsillos y saqué dos monedas de oro, las puse en los ojos de Emile; Caronte se encargaría del resto.

Esa misma tarde incineramos sus restos y depositamos la urna que les contenía en el centro del jardín, para que iluminara toda la vida del espacio con la belleza de su muerte.

Terminada la ceremonia fúnebre, indiqué a Vanesa que pasara a la sala, pues las malas noticias no habían terminado ese día, y al ver que estaba destrozada lo mejor que podía hacer era tener tacto al hablar con ella pero al mismo tiempo sin perder mi forma de decir las cosas, yendo directamente al grano.

Le indiqué que se sentara en aquél sillón hecho a partir de un ataúd que Emile había trabajado hace años ya; le di una taza con alguna bebida caliente, prendí la chimenea e invité a todos a que se sentaran también. Lillith, Mondragón y Arilene, todos los que habitaban la casa de la muerte se encontraban en un mismo espacio. Aun así se escuchaban voces y sonidos, puertas que abrían o cerraban, pasos por doquier; ya nos habíamos acostumbrado a eso.

Ya que todos habíamos tomado un lugar, empecé a contarle a Vanesa la historia del NecroDomo, que no es solo una casa, una construcción cualquiera, sino que era una forma de vida que necesitaba alimentarse como cualquier otra, pero particularmente el NecroDomo tenía que devorar almas para sentirse satisfecho. La naturaleza del NecroDomo es diferente a lo que se haya visto antes, se podría decir que es una puerta al Infierno, pero así mismo podría ser también un portal a este mundo, a final de cuentas no sabíamos quien temía más, si el demonio por tenernos cerca o nosotros de que el Infierno nos acechara.

Antes de permitirme seguir con mis conjeturas, Vanesa se levantó de su lugar, puso la taza que le había dado en la mesa, agradeció que le contara toda la historia pero no creía que fuera a llegar a ningún lado, además de que la pena que le embargaba era grande, por lo que se tenía que retirar.

Simplemente se levantó y emprendió el paso, pero al acercarse a la puerta se detuvo y volteó atrás, como esperando que alguien le detuviese, pero al contrario, todos seguían sentados exactamente donde mismo, nadie la quería ver, por lo que tenían sus miradas hacia el fuego de la chimenea o cualquier otra parte. Yo tenía la mirada fija en ella, que para este momento se había paralizado por la duda.

Lentamente tomé mi bastón, me levanté y caminé hacia ella, le dije que precisamente por eso era la plática que estaba tratando de tener.

1 Comentario



Vanesa Abdala dijo...

¡Oh, qué será de mí!

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