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5 de junio de 2012

Un templo a mi Dios



Esta es la historia de un constructor, de un simple mortal, como cuantos más existen en el mundo, una persona con sueños y ambiciones como cualquier otro, y para quien su labor siempre fue un gusto.


Construía casas, castillos y puentes, nunca hubo un proyecto que le hiciera pensar, todos los planos estaban puestos, el sólo tenía que trabajar.

En su vida el constructor hizo muchas cosas, en todas imprimía dedicación y entrega, pero a decir vedad, nunca hubo una construcción que le interesara de especial manera, pues todas eran banales, bellas pero sin alma.

Un día al buscar emprender un nuevo proyecto, el constructor se encontró con un singular personaje, alto y carismático, alguien que le infundía mucha paz. Estuvieron platicando por un largo rato, hasta que el desconocido le hizo una propuesta; tendría que levantar el templo más alto en honor a su Dios, no había planos, sólo sueños y esperanzas, no podría ser mejor, no podría ser de otra manera.

El constructor entonces se quedó pasmado, ante él tenía el proyecto que había estado esperando toda su vida, uno al que le podría dedicar su entrega y devoción, uno al que le podría imprimir toda su creatividad, en el que podría reflejar realmente quien era, en vez de reflejarse sólo en las ambiciones de alguien más.

El constructor se vio complacido y empezó con la construcción de su nuevo edificio, un templo a todo lo que es bueno y grande en el mundo, un hogar para su Dios, un edificio indestructible y de singular belleza.

Empezó entonces con este gran reto, y piedra a piedra fue montando lo que sería su más grande proeza, levantó columnas y elevó grandes piedras, nunca se dio por vencido, aunque hubiera calor o tormentas.

Entonces el constructor un día llegó a un punto donde no pudo más, y no por falta de destreza, sino porque simplemente ya no había más material en el mundo para cubrir semejante belleza.
El constructor desesperado, buscó en todas partes e hizo hasta lo imposible por conseguir la manera de seguir construyendo su templo a la belleza, pero no le fue posible, era como si le hubieran arrebatado de sus manos la posibilidad de seguir con su sueño.

Un día, en un último arrebato por tratar de que su templo fuera terminado, el constructor se fue al monte más alto, y con fuerza y al mismo tiempo cautela, gritó a los cuatro vientos que requería ayuda para terminar su obra maestra.
Entonces, de la nada, un oscuro personaje apareció, lleno de gala y sombra al constructor escuchó, y no le quedó más que ir en su auxilio, para rescatar de su angustia a este pobre señor.

-¿Qué es lo que te altera en esta vida, qué es lo que te asfixia y no te permite soñar? –le dijo el oscuro personaje a nuestro pobre constructor.
- No es que haya dejado de soñar, pero ya no tengo con que construir, daría lo que fuera por ver terminado mi templo, para poder entonces ser feliz. –dijo el desesperado constructor.


-Eso quería oír…


Entonces, en su oscuridad, el sombrío personaje desapareció así sin más y el desconcertado constructor descendió del monte, pensando en su encuentro, triste por su incapacidad de seguir su proyecto y pensando en mil maneras de hacerlo. A pesar de todo, esa noche durmió.

A la mañana siguiente, un compañero tocó su puerta interrumpiendo su sueño, la algarabía se debía a una extraña adquisición, pues los materiales necesarios para la construcción habían sido dispuestos, y nadie sabía quién había sido el benefactor.

El constructor llegó al lugar; miles de rocas, y millones de monedas en materiales preciosos se encontraban en el templo en construcción, el proyecto podría seguir adelante y él no tardó en ordenar a su gente seguir con la edificación de su templo.

Los años pasaron, pues el detalle era máximo, no había una sola esquina o recoveco que no estuviera finamente realizado, el constructor estaba parado frente al templo admirando su obra terminada, y de pronto el imponente y carismático desconocido que había encontrado hace muchos años en sus travesías se puso a su lado, admiró su trabajo, pero no dijo más.

El constructor le dijo que el trabajo estaba terminado, que ahora su Dios podría habitar en él, pues era un templo digno de algo tan grande y de tan majestuosa importancia.

El extraño personaje sólo lo vio a los ojos y le dijo que no era digno de Dios, de obtener su gracia y sin más, simplemente se marchó.

El constructor entonces se vio decepcionado, triste, se sintió derrotado; no sabía cómo es que habiendo construido el templo más grande, el proyecto más ambicioso y bello de su vida, aún así no era digno…

El constructor entonces renegó de su Dios y se convirtió en otra persona, ya no podía soñar, porque había llevado a cabo su más grande sueño y no significaba nada; tampoco podría hacer un templo nunca más, sentía que no era capaz de hacerlo…

Muchas personas le dijeron que destruyera el templo, que demostrara que como tiene capacidad de construir, también podría destruir su obra, quitando piedra a piedra lo que con tanta dedicación hizo, para reducirlo a nada, y entonces poder comenzar un nuevo proyecto. Incluso el mismo constructor muchas veces admitió que no debió haber impreso tanto de su propio ser en un solo proyecto, se enojaba y se frustraba a menudo; pero nunca quitó una sola piedra del majestuoso templo. Cada vez que lo veía, sufría el haber perdido su alma en honor a la belleza, pero aún así nunca quitó una sola roca…

La gente lo tomó por loco, una persona que dice haber perdido su fé pero que sin embargo sigue con un templo edificado a su Dios, una persona que no cree, pero que cada noche sueña con que regrese a habitar su templo, llorando y rogándole al oscuro que se lleve su alma para terminar con su sufrimiento, sin saber que el mismo era su condena eterna.

Y así fue, como el más grande constructor de este mundo, terminó viviendo por siempre, esperando el regreso del Dios a su recinto, demostrando que fue capaz de elevar el templo más alto, pero siendo incapaz de volver a levantar cualquier otro.

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