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26 de junio de 2012

Muerte de un cazador - Parte 2

Continúa la segunda parte del cuento "Muerte de un cazador", por Emile. 

Segunda parte
Se volteó y la vio sentada junto a la ventana, con el tobillo de una pierna cruzado sobre la rodilla de la otra, metida en un libro. Agnes dijo sin mirarle:
―Tiene agua tibia en el baño.
Le reconfortó que hubiera uno. Los cuidadores tenían la costumbre usar el bosque para hacer sus necesidades y pocas veces se molestaban en construirlo. Al salir vio que la mujer llevaba un abrigo con piel de zorro marrón en el cuello y los puños. Preparaba una ballesta más pequeña que la suya pero con doble carga. Se abrió el abrigo para colgarla, mostrando la empuñadura de una daga que asomaba por la bota. El cazador pensó que no desearía recibir una patada de esas largas piernas y se reservó cualquier comentario. Ella descolgó el sombrero detrás de la puerta y lo miró para ver si estaba listo. 
El viento castigó en sus mejillas desprevenidas. Levantaron sus pañuelos anudados en el cuello hasta que cubrieron la parte inferior del rostro y avanzaron. 
―Ahora que cesó la nieve quizá encontremos alguna huella. Si no le molesta preferiría ir por delante.
―Bien ―dijo Agnes.
Anduvieron una hora en dirección a Valin, el lugar de ataque favorito, hasta que el cazador se detuvo en seco levantando un brazo. Con el dedo señaló a la izquierda. La mujer volteó el rostro. Aunque no había viento, unas ramas a cien pies de distancia se movían. Atención, velocidad, entereza, se repitió el cazador. Ambos tenían las ballestas en las manos.
Procuraron seguir el movimiento de las ramas. Todo estaba en silencio. De súbito una mole negra se arrojó hacia ellos. Agnes saltó hacia atrás y le acertó en el hombro y al costado del pecho cuando aún estaba en el aire. La criatura era una masa bestial de pelo, músculos y hueso, con fauces de lobo y ojos de felino. Dando un grito de dolor aterrizó en sus cuatro patas de frente al cazador. Se arrancó la flecha del brazo y la trituró con la mano. Era sensible al dolor, pero necesitarían más que eso para abatirla. El cazador disparó rápido procurando darle en la frente y arrojó el arma al suelo. La criatura era veloz y se corrió, volviendo a saltar. El cazador permaneció en su posición esperando que cayera sobre él, y cuando estuvo a pocos centímetros se tomó de sus crines, giró en el aire y la montó por la espalda. Desenvainó con cada mano una daga y las clavó en el cuello del animal. Vio que por la nuca salía un nuevo filo. La mujer la había atravesado por la garganta al mismo tiempo. La bestia cayó inerte sobre la pierna del cazador, que se arrastró hacia atrás, alejándose con repugnancia.
Alzó la vista y la expresión de Agnes lo asustó. Siguió la mirada de la mujer hasta su propio pecho. En la primera embestida la bestia había logrado herirlo: cuatro tajos se extendían desde el hombro hasta arriba del corazón. Recién entonces advirtió el dolor lacerante y se estrujó contra el tronco en el que se apoyaba. Así que eso era lo que se sentía.
La mujer se arrodilló a su lado. Limpió con el abrigo el mango ensangrentado de su daga, tomó con firmeza el rostro del cazador y le obligó a abrir la mandíbula. El hombre la tomó por la muñeca. Iba a decir algo, pero lo detuvo de la forma menos esperada. Lo besó con dulce firmeza.
―Cállate, cazador ―dijo ella, separándose antes de lo que él hubiera querido―. Hay un par de cosas que a ustedes jamás les enseñan.
Empujó el mango en la boca del cazador, que obedeció sumiso y rompió las ropas que lo cubrían de un tirón, exponiendo las heridas. Era largas, pero superficiales. Sacó de un bolsillo una botella de metal. Alcohol, pensó él: ardiente pero inútil. Agnes vertió un chorro sobre la primera herida. El cazador comprendió que eso no era alcohol: un aroma picante lo embriagó. No pudo pensar más. Un dolor agudo le llegó hasta la punta de los pies. Cuando la mujer empapaba la segunda herida, se desmayó.

―Entonces, eres una hechicera.
Los leños crepitaban el la chimenea. Agnes se puso la camisa y bajándola por su pecho volteó para mirarlo sobre el hombro.
―Si así lo quieres ― se recostó sobre él pasando los dedos por su heridas. Habían cicatrizado con alarmante rapidez.―. ¿Vas a denunciarme?
El cazador le acarició el rostro.
―¿Y tú? ¿Vas a decir que estoy infectado?
La mujer sonrió.

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