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19 de junio de 2012

Muerte de un cazador - Parte 1

Desde que se internara en el bosque sólo dos veces la insipiente luna se asomó entre las ramas. Adivinaba, o ansiaba, el cielo iluminado por las estrellas, el final del bosque, una cálida brisa. Sin embargo su alma se fundía poco a poco con la nieve que lo rodeaba. Esforzándose por subir su temperatura y su ánimo, comenzó a trotar acomodándose el bolso en el primer salto. El metal entrechocó bajo su abrigo, cantando como lejanas campanas de iglesia. Campanas que prometían castigo y perdón.
Distinguió entre los delgados troncos una luz demasiado amarilla para ser un ánima, demasiado tenue para ser una fogata. En unos minutos supo que provenía de la única ventana de una cabaña protegida entre los árboles. Agradeció a su instinto -que su instructor se empeñaba en llamar providencia- por encontrarla: nada se había hecho para señalar el camino. Imaginó quién la habitaba.
Subió los cuatro peldaños encorvado, apoyando la mano en la baranda izquierda, sosteniendo la soga del bolso con la derecha. Al llegar a la puerta, el olor a estofado lo golpeó en la nariz, y se reprochó el involuntario traqueteo de su estómago. Golpeó con fuerza. El choque circular de un cucharón contra una olla cesó. La puerta se entreabrió lo suficiente como para poder inspeccionarlo. La luz del fuego en el interior le impedía ver con claridad a quien lo atendía y tuvo que cubrirse llevando la palma de la mano a su frente.
―¿Qué desea?
Carraspeó para responder a la imperante pero educada voz de mujer.
―Refugio y comida ―dijo abriendo el abrigo por el pecho para mostrar una dorada placa con un escudo―, si es posible.
La puerta se abrió dándole paso. Mientras entraba divisó la chimenea iluminando la habitación, la mesa puesta para uno, un camastro con almohadones, colcha y alfombra tejidos. Esperaba encontrar cabezas de animales en las paredes; en cambio estaban cubiertas por delicados paisajes.
―¿Su esposo regresará pronto…?―. Se volteó para observar a la mujer que trancaba la puerta y frunció el seño. Vestía como un hombre, con la camisa metida en el pantalón y un chaleco hasta la rodilla, donde comenzaban las botas. Era una cabeza inferior a él y a pesar de eso hubiera jurado que era más alta.
―Muy sutil, cazador ―respondió ella―. No hay esposo. Sin embargo considérese invitado sólo a mi mesa. Póngase cómodo.
Estudió sus rasgos. Era bonita, pero casi no se notaba. Su abundante cabello castaño estaba recogido con descuido, y unos cuantos mechones caían por la nuca y la frente. Su mirada era distante.
― Entonces es usted el cuidador del bosque―. El cazador dejó su carga a un costado. Acomodó el sobretodo en el respaldo de una silla, mostrando la ballesta siempre cargada colgando a la derecha de su cintura, y las tres dagas a la izquierda. ― ¿Tiene nombre?
―Agnes Mildford ―repondió ella.
―¿Puedo llamarla Angie?
―Le agradecería que no lo hiciera ―. Puso un plato frente al invitado y sacó la gran cacerola de las brazas. El hombre hizo gesto de ayudarla, pero vio que sus antebrazos, saliendo de la camisa arremangada, se tensaban mostrando sus músculos y hasta algunas venas. Cuando apoyó la carga en la mesa y se relajaron, volvieron a ser lisos como los de una estatua―. Si está en mi territorio significa que tengo que prepararme para malas noticias. ¿Qué pasó?
―Cinco muertos en Tomeson, descuartizados. Seis en Valin y tres en Horton. ¿Usted no sale mucho del bosque, cierto?
―Mejor dicho no muchos entran. Es evidente que eso se esconde en aquí, entonces. 
Agnes se sirvió y comenzó a comer. Sus manos eran pequeñas y blancas, pero sus nudillos eran rojizos y estaban endurecidos.
―¿Algún converso?
―No. Afortunadamente se los comió antes― puso la cuchara en su boca. Guiso de ciervo―. Esperaba que el cuidador me ayude a cazarlo…
―Y lo hará ―dijo ella sonriendo, con las pestañas cayendo con cierta malicia. Era evidente que la extrañeza de su rol le complacía―. Es una lástima que llegara de noche. Durante el día no lo encontraremos. 
―No se preocupe por mí. Si me permite recostarme cerca del calor, en un par de horas estaré listo.
Ella asintió. 
Cuando el cazador despertó sintió su espalda ligera y los pulmones y la cabeza despejados como hacía tiempo no tenía. La mujer había insistido con acercar el catre a la chimenea. De cualquier modo ella no podría conciliar el sueño hasta no estar encima la mañana.
Se volteó y la vio sentada junto a la ventana, con el tobillo de una pierna cruzado sobre la rodilla de la otra, metida en un libro.

Continúa la semana que viene...

1 Comentario



Alexander Dmitrievich dijo...

Excelente relato mi querida Emile, esperemos ver el final la semana entrante!

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