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26 de marzo de 2012

Homicidas y psicópatas… Juana Barraza Samperio, la “Mataviejitas”

Como cualquier historia de asesinos, la de Juana Barraza Samperio comenzó con una trágica infancia, marcada por los golpes, el desprecio, las humillaciones y la marginación. La doctora Feggy Ostrosky-Solís hizo un estudio pormenorizado de su caso en el libro Mentes Asesinas, donde analiza su infancia con factores altamente determinantes para explicar su conducta en la etapa adulta: la violencia, desequilibrio químico cerebral (ausencia o bajos niveles de ciertas proteínas), abuso físico y psicológico, así como experiencias traumáticas.

Y traumático fue para los habitantes de la Ciudad de México saber que un asesino serial merodeaba las calles cobrando la vida de dulces ancianitas… ¿dulces? Para la “Mataviejitas” eran el recuerdo vivo de quien la hizo sufrir durante su infancia: su propia madre.

La vida de Juana se complicó desde el momento justo de su nacimiento, cuando su padre abandonó a su mamá. Años después, Justa Samperio, su madre, se relaciona con Gerardo Hernández, con quien tiene dos hijos, de los que Juana tuvo que cuidar. Justa se volvió alcohólica y el padrastro se ausentaba con frecuencia, por lo que también tuvo que hacerse cargo de las labores del hogar sin posibilidades de estudiar. Hasta la edad adulta sus propios hijos le enseñaron a escribir y contar.

Durante su infancia se le impidió socializar, salir de casa, no tuvo juguetes ni amigos, su madre la agredía física y psicológicamente, sólo su padrastro genera en ella un recuerdo de protección. Fue él quien la apoyó después de que su madre la regalara por tres cervezas. El hombre que “la adquirió” la maniató y violó esa noche. Juana quedó embarazada y sufrió agresiones físicas y verbales de su violador durante toda la gestación. Sus “tíos” la rescataron, la llevaron de vuelta al hogar primario, donde su padrastro creía la versión de Justa, que Juana se fue por su voluntad. Fue Gerardo quien le enseñó a cuidar a su bebé, Juana sólo tenía 14 años.

En sus dos siguientes relaciones padeció engaño, violencia y abandono, por lo que decidió vivir de forma independiente con sus cuatro hijos. El mayor murió a los 24 años durante una riña callejera, otro duro golpe para Barraza.

Con nula educación, carente de afecto y poca tolerancia, combinó tres actividades, -empleada doméstica, vendedora informal y practicaba lucha libre- para mantener a sus hijos.

Uno, dos, tres… diez asesinatos se le imputaban. Una a una las ancianas iban perdiendo la vida con el mismo modus operandi: asfixia, la cerradura de su casa intacta, pero con señales de robo… sospechaban de un transexual, de un hombre, pero no de una ama de casa. Como cualquier otra mujer, Juana trató de salir adelante, tenía anhelos, responsabilidades y aficiones, pero las humillaciones que sufrió retomaron fuerza al venir de las ancianas a las que conocía.

Ganó su confianza disfrazándose de enfermera, fingiendo ser trabajadora social ofrecía su ayuda a las abuelitas para tramitar pensiones y otros apoyos.

Fue con ellas con quienes desató sus deseos de venganza, ya que le recordaban la violencia que sufrió con su madre. Las pruebas neuropsiquiátricas, electrofisiológicas y otras entrevistas que Ostrosky le realizó a Juana demuestran que su personalidad paranoide estaba guiada por sentimientos de odio hacia la figura materna.

Hasta el 11 de abril de 2007 le fueron consignados un total de 27 delitos: 12 robos y 15 homicidios… y sin hacer apología de sus crímenes, pocas veces nos adentramos en los orígenes de las conductas psicopáticas y homicidas, considero que sólo el estudio de sus biografías pueden ayudar a comprender, incluso hasta prevenir, las conductas violentas que derivan en agresiones y hasta el homicidio.

Nada justifica sus crímenes, que sembraron el terror y las dudas en los capitalinos desde 1998, hasta que fue capturada en 2006, por ello fue sentenciada a 759 años y 17 días de prisión, aunque sólo pasará encarcelada 50 años.

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