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15 de enero de 2011

William Blake, el visionario interior

Segundo aporte de Maud-Evelyn para NecroDomo. Cada vez falta menos.

Sus contemporáneos le llamaron demente. Era visto como un hombre atrapado en el delirio, obsesionado con pintar los intensos paisajes de su retorcida mente, un atrevido que convertía en verso lo que su desvarío le dictaba. William Blake (1757-1827) aseguró que era visitado por ángeles y por profetas. Jesús y Satán habitaban en su cabeza y él lo entendía. El poeta y pintor fue un artista revolucionario, elaboró su propia mística y le dio un lugar muy importante a la imaginación. Para muchos fue solamente un lunático; para otros, un admirable maestro.

Desde niño, Blake supo que tenía el don de percibir acontecimientos del mundo que nadie más podía presenciar, ¿atisbos de locura o suerte de poeta? Quizá ambas cosas. Creaba sorprendentes imágenes a través de palabras y grabados. Lector (y más tarde ilustrador) de poetas como Milton y Dante, consiguió un efecto luminoso aún en su obra más oscura. El provocativo Blake creó sus propios símbolos, sus claves a descifrar en una laberíntica obra (que en su época era juzgada por algunos críticos como “irreverente”).

Entre las “alucinaciones” más famosas de Blake, cuentan que un día vio la cabeza de Dios flotando en una ventana, también que una vez observó la llegada de la muerte. El artista multidisciplinario ilustró textos de la Biblia así como de libros de herejía y ocultismo. Algunas de sus obras literarias son “Matrimonio entre el cielo y el infierno”, “El libro de Urizen”, “Jerusalen, la emanación del gigante Albion”, “Cantos de inocencia. Cantos de experiencia”.

Proverbios del Infierno (fragmento)

“En tiempos de siembra aprende, en tiempos de cosecha enseña
y en el invierno goza.

Conduce tu carro y tu arado sobre los huesos de los muertos.

La senda del exceso lleva al palacio de la sabiduría.

La prudencia es una fea y rica solterona cortejada por la incapacidad.

Quien desea y no actúa engendra la plaga.

El gusano perdona al arado que lo corta.

Sumergid en el río a quien ama el agua.

El necio no ve el mismo árbol que ve el sabio.

Aquel cuyo rostro no irradia luz nunca será estrella.

La eternidad está enamorada de las creaciones del tiempo.

A la atareada abeja no le queda tiempo para la pena.

Las horas de la locura las mide el reloj,
pero ningún reloj puede medir las horas de la sabiduría.”.

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