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13 de septiembre de 2010

La Doncella de Hierro by Bram Stoker Parte 3

Culminación...


Pude despertar, pero en la habitación en la que me encontraba ahora reinaba una siniestra oscuridad; sin embargo, ya sentía nuevamente mis extremidades, estaban libres, y el resto de mi cuerpo intacto. Sentí posteriormente como una luz se proyectaba contra mí, a lo que cubrí mi rostro con ambas manos; sin embargo, no pude contemplar la penumbra que debería estarse proyectando contra la pared, así que sin más preámbulos corrí hasta esa luz.
A mí alrededor pude notar una horrible y sucia mazmorra con cadenas, esqueletos y todo tipo de plagas rondando a través de éste. Un paisaje que era levemente iluminado por la luz que provenía de la puerta. Al final, me encontré con la persona que en ese preciso instante menos deseaba ver… el cardenal y su guardia.
Al darme cuenta de que todos me observaban yo no supe que hacer, por lo que no me quedo más remedio que rendirme; sin embargo, poco después me di cuenta de que todos me ignoraban; parecía como si no estuviese presente en aquel lugar.
No entendía aquella situación. Estaba feliz, pero al mismo tiempo muy confundido, y el hecho de que nadie pudiera verme me causaba terror. Detrás de ellos había un gran baúl de hierro con un admirable color rojo oscuro; en su puerta se expresaba la imagen de una doncella, con un rostro de seriedad y los ojos cerrados, como si estuviese realizando algún tipo de ritual.
Una vez más me acerqué al cardenal, intenté llamar su atención para ver si realmente no se había dado cuenta de mi presencia. Parecía ni siquiera poder verme; por lo contrario, volvió a poner en su rostro esa sonrisa… esa sonrisa macabra que hizo que se me pusieran los pelos de punta a la entrada del palacio.
Miré detrás de mí, y me di cuenta que de la puerta de la que vine, los dos inquisidores cubiertos en sangre seca traían a una chica de vestido blanco inconsciente. Me interpuse entre ellos y el cardenal, pero éste se dirigía a ellos como si no único que hubiese en frente de él fuera una fría ráfaga de viento, que por cierto… Me dí cuenta de que el sitio se encontraba encerrado, y completamente aislado del exterior. Estaba además completamente iluminado por grandes antorchas, sin embargo, yo sentía como si me encontrara en la sima de una alta montaña a finales de otoño. Yo suspiraba precipitadamente, y de mi boca salía un misterioso vapor blanco. No me había detenido a contemplar mi presencia; mi piel estaba más pálida de lo normal.
- ¿A qué se debe que ésta muchacha se encuentre aquí?,- Preguntó el cardenal sonriendo.
Por un rato pensé que me estaba hablando a mí, aunque no fuera mujer. Eso hasta que escuché nuevamente la voz ronca de los inquisidores.
- Ha sido acusada de adulterio. La han denunciado ya más de veinte mujeres.
El movimiento de sus labios se notaba bajo sus capuchas. Si sus cuerpos estaban así de desastrosos; no estaba preparado para ver sus rostros. Ellos arrojaron a la chica al suelo como lo hicieron conmigo.
- Sabéis perfectamente cual es el castigo para las mujeres que cometen adulterio o fornicación, - Río el cardenal viendo el rostro de la chica.- Las condenas son la pera, o al desgarrador de senos. ¿Por qué motivo la habéis traído hasta aquí?
- Señor cardenal.- Dijo el guardia de negro. Cuya presencia todavía no había percatado. Pero su voz siempre reflejaba frialdad, como si sus emociones hubieran sido exorcizadas - Ha pasado mucho tiempo desde que dejamos a la última persona aquí. Benois Charbonneau.
Escuchar esa última palabra me causo curiosidad. Porque si no me fallaba la memoria después de todo esa serie de horribles acontecimientos, ese era mi nombre. Yo no tenía ni la menor idea de lo que esos sujetos decían, no sabía que me había pasado; acababan de mencionarme, pero ellos no podían darse cuenta de que yo estaba allí presente. Aún teniendo en cuenta lo que me harían si me descubrían, brinqué y grité, pero escuché un ruido indicándome que hiciera silencio; al oírlo volteé. Quedé estupefacto al ver unos sujetos que al parecer si se habían dado cuenta de mi presencia, ellos me sonreían con gran felicidad, pero sus rostros pálidos y la seriedad que se veía en sus ojos creaban sensaciones en mí que no puedo describir. Sus trajes blancos estaban manchados en sangre, una vez más me indicaron silencio y pusieron sus manos sobre su rostro, indicándome que ellos también querían que yo lo hiciera, y lo hice.
No encontraba nada en mi rostro, hasta que me acerqué a mi frente y me di cuenta que en una parte, mi dedo traspasaba un profundo agujero. Retiré mi dedo con pavor de mi frente, pero me di cuenta de que en mis dos ojos también se encontraban esos agujeros, aunque yo pudiera ver perfectamente. Pude escuchar después como los inquisidores abrían las puertas de ese baúl, y cuando lo hicieron, me di cuenta de que no era un baúl común y corriente. En su puerta había unas púas filosas a lo alto, manchadas en sangre seca; estaban ubicadas en la misma posición que esos agujeros estaban ubicados sobre mi rostro. Y dentro del baúl, había algo que me dejo paralizado, y fue allí cuando sentí un miedo tan profundo, que casi me hace desmayar nuevamente. En el baúl se encontraba un cadáver, con su rostro completamente ensangrentado y pálido, ese cadáver… era mi cuerpo.

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