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12 de septiembre de 2010

La Doncella de Hierro by Bram Stoker Parte 2

Continuamos con la novela...


No hizo falta que transcurriera mucho tiempo para que quedara en profundo sueño; no obstante, de algún modo sentía que mi alma seguía consciente.
Veía todo borroso, no podía sentir mis piernas ni mis brazos. Rápidamente me perdí del cuarto en el que me encontraba con el cardenal y su guardia, y las imágenes que procedieron a ingresar a mi mente fueron distintas. Frente a mí yacía un largo pero angosto pasillo, que como dije antes, no ingresaba correctamente a mis ojos. De algún modo yo podía seguir avanzando a través de él, aunque sintiera como si mis piernas y mis brazos hubieran desaparecido, al igual del resto de mi cuerpo. Me pregunté si realmente seguía o no con vida.
A mí alrededor escuchaba unas risas burlonas como de duende, que junto con el hecho de verme caminando inconscientemente a través de ese oscuro pasillo; causaba en mí una sensación de terror, mezclado con angustia…… una sensación que no puedo describir.
Si el terror me dominaba al escuchar esas risillas, imagínense lo que sentí cuando estas fueron reemplazadas de un momento a otro por alaridos, gritos y lamentos. Sentía como si hubiera traspasado las puertas que dividen las fronteras entre la tierra y el infierno, y de hecho me pregunté si eso era.. pero no.
A mi lado pude contemplar una luz que misteriosamente me pasaba por alto. ¿Realmente estaba muerto?, no lo sabía. Sólo pude ver que en una de esas puertas había un hombre amarrado a una cama de madera temblando de dolor y mostrando así sus últimos signos vitales. Podía escuchar también el ruido estremecedor del roce de un péndulo, que posteriormente oí bajando y aumentando su velocidad, y así pude contemplar como rosaba una vez más la piel del hombre, haciéndolo brincar retenido por las cuerdas. Posteriormente la cuchilla del péndulo regreso rebanando al hombre esa vez más bajo, hasta el punto de poder ver su hueso.
Sentía mareos, y mi espíritu... por decirlo así, se desplazó hasta más no poder, pero quedé paralizado nuevamente ante otra horrible escena. En otra habitación, pude contemplar como a un hombre le espichaban el cráneo muy lentamente con un casco, que bajaba bajo la acción de la fuerza de dos largas palancas rotadas por un verdugo. Sus dientes se rompían cada vez más, y de ellos, salían grandes cantidades de sangre, junto a sus ojos saltones. Mi ser se movió con más velocidad.
Más adelante vi a una mujer sometida al potro, sus brazos y piernas se estiraban cada vez más unas y dirección contraria a las otras, mientras unos rodillos desgarraban el resto de su piel y salpicaban sangre por doquier. Ella gritaba.
A otro joven le aplastaban los dedos hasta que sangraban horriblemente por sus uñas, y ver la forma en la que temblaba y se desmayaba del dolor me hizo correr a toda marcha hasta el final de ese pasillo, queriendo ignorar el resto de gente que era cruelmente torturada.
Intenté detenerme cuando llegaba justo al final, pero no fui capaz; nuevamente había perdido el control sobre mis movimientos. Quería cubrirme al sentir que chocaría contra una pared, pero no podía encontrar mis brazos. Justo en el momento en el que lo hice volví a ver todo a oscuras, mis sentidos se volvieron a apagar y yo cerré los ojos. Lo único que recuerdo es que escuche el grito de una mujer, más cercano e intenso que los alaridos de los condenados.

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