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11 de septiembre de 2010

La Doncella de Hierro by Bram Stoker Parte 1

Aquí les dejo una novela corta del Bram Stoker espero la disfruten...


1320, Paris, una fecha… que yo no deseo recordar. Paralizado me encontraba yo ante aquel rugido estremecedor de los fuertes y corpulentos inquisidores que cargaban de mí. Las cadenas oxidadas me impedían toda clase de movimiento, y de un momento a otro comencé a perder el control sobre mis extremidades. Sus rostros no los pude reconocer, pues estaban cubiertos por sus capuchas negras, pero sus cuerpos estaban manchados en sangre seca, y fue por eso que me empecé a preocupar. Alrededor mío, contemplaba el paisaje de otoño, los colores de la hojarasca caída de los árboles junto al rojo claro del atardecer. Lamentablemente, mi situación no daba para disfrutar de aquel bello panorama.
Fui conducido hasta las entradas del palacio, cuyos portones fueron abiertos por dos guardias y yo seguía siendo atormentado por una profunda agonía y terror, por no saber exactamente que era lo que iban a hacer conmigo. Allí a la entrada, fui recibido por un hombre de barba larga y una majestuosa túnica roja con franjas doradas, con un notorio crucifijo que brillaba junto a las luces de los candelabros del palacio… Fue en ese instante en el que supe que se trataba del cardenal.
Él me observaba sonriendo de una forma cruel y macabra, creando en mí una sensación de nervios que comenzó a crecer a lo que me acercaban a él a paso lento. Los dos sujetos que me cargaban me dejaron caer, permitiendo que me golpeara contra el suelo del palacio mientras que las cadenas me cortaban la circulación cada vez más. Él puso un pie sobre mi cabeza, a lo que yo cerré los ojos con fuerza, y él se agachó lentamente para observarme.
- ¿Quién es éste hombre?,- Preguntó riendo maléficamente mientras las puertas del palacio eran cerradas por los guardias que contemplaban aquella situación con seriedad mientras lo hacían.
- Otro hereje - Respondió uno de los dos hombres que me cargaban con una voz muy grave y profunda seriedad. - No es nada fuera de lo normal. Ha traicionado a su nación, y ha insultado nuestra iglesia... a nuestra comunidad.
Yo quedé sorprendido al ver las risas del hombre; sin embargo, hacía lo posible por evitar dejar que mis emociones me controlaran conllevándome a una reacción de llantos y gritos.
El cardenal dio media vuelta, y se alejó de mí mientras yo respiraba precipitadamente aún en aquella incomoda posición en la que me encontraba. Los dos inquisidores se me acercaron y retiraron las pesadas cadenas que cubrían mi cuerpo; no obstante, había algo que me impedía separar mis manos. Por más que lo intentara, eso apretaba más mi piel.
Junto al cardenal se encontraba un sujeto de túnica negra y sombrero, quien caminando hacia mí sacó su espada muy lentamente, produciendo así un ruido estremecedor que irritó mis oídos como nunca antes, frente la imposibilidad de cubrírmelos como solía reaccionar siempre a ello. Éste puso la espada sobre mi cuello. Sentir la presión del roce del metal que aumentaba cada vez más sobre mí me hizo cerrar los ojos con pavor tragando saliva.
- Es triste que jóvenes como tú tengan que morir por pecar de un modo tan estúpido, - Decía él golpeándome con la espada muy suavemente, cuyo frío me ponía los pelos de punta, pero con todo el esfuerzo de controlar mis emociones les contesté.
- Dejadme ir,- Decía yo haciéndome ver con una profunda sensación de frialdad, pero mis piernas no podían dejar de temblar.
- Tu sabes como son las cosas,- Me decía el caminando en círculos alrededor mío, a lo que yo intentaba perderlo de vista, contemplando el panorama del palacio en el que me encontraba. Grandes candelabros dorados y copas con joyas finas se encontraban sobre la mesa junto a unos muebles púrpuras que daban vida a aquel majestuoso ambiente. Lo que más me llamaba la atención era el bello entapetado rojo con franjas doradas. Lo único que opacaba aquel lugar era mi presencia; un hombre vestido en ropas desastrosas de prisionero que hacían una pinta muy sucia.
- Tranquilízate,- Me decía él burlándose de la forma en la que temblaba cerrando los ojos. - Te daré una última oportunidad para que te arrepientas, y confieses todo.
- No traicionaré a mi familia,- Contesté con rudeza mientras el sudor bajaba muy lentamente por mi frente hasta caer sobre la superficie del suelo. - Podéis hacer conmigo lo que queráis, pero no os diré nada.
- TU PADRE ES UN BLASFEMO,- Me gritó el cardenal cambiando su cara de maligna felicidad por ira. - Un fariseo, Un hereje, y tú colaboras no diciéndonos donde está.
- ES MI PADRE,- Respondí gritando dejando a un lado mis miedos, y desafiando al cardenal y a su guardia. En ese instante vi como el guardia de negro sacaba su espada tan rápido como podía y posaba su punta sobre mi cuello nuevamente.
- ¿Cómo osas hablarle así a una persona de Dios?,- Se preguntaba con un tono de frialdad que me ponía a temblar cada vez más como si la muerte estuviese cubriéndome con sus mantos.
- Vosotros no sois gente de Dios,- Respondí muy tranquilamente agachando la cabeza y dejando salir dos lágrimas. Cada palabra que decía la pronunciaba con un tono más fuerte - Sois unos asesinos, unos abusadores, ACEPTADLO.
El cardenal se encontraba desconcertado ante mi actitud, pero antes de que yo pudiera seguir diciéndoles la verdad en la cara, el guardia me golpeo muy fuertemente en la cabeza con su espada, haciendo que callera al suelo inconsciente.
- Idiota,- Susurró él. Posteriormente piso mi nariz, rompiéndomela en el instante. La sangre se derramaba rápidamente sobre mi rostro, pero al estar inconsciente, no podía sentirlo.

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